jueves, 9 de diciembre de 2010

Capítulo 1 (Entrega 4ta)

Me quedé agazapada unos segundos. Liberé mi mente de pensamientos y mi corazón de sentimientos. Mi alma se apoderó de todo mi cuerpo y tensó hasta el último de mis músculos. Todo se paralizó a mi alrededor. La luz pareció ocultarse y las sombras aprovecharon para tomar protagonismo en la escena. El viento cesó y la llovizna quedo inerte a mitad de la caída. Sabía bien lo que tenía que hacer. El fugaz movimiento de la capa del bandido que tenía mas cerca reactivó el tiempo y desenvainó el sax que tenía en la cintura. No me tomó por sorpresa, salí del transe y deslicé veloz la lanza entre mis dedos. No tenía mucho espacio por lo que no podría desempeñarme al cien por ciento de mi habilidad, de todos modos contaba con algunos trucos. Con una maniobra combinada pude desarmarlo y barrerlo por los tobillos. El brillo del sax se perdió en la oscuridad al desprenderse de su mano. Los otros dos sorprendidos se paralizaron un segundo y aproveché el desconcierto para lanzar una daga con la mano izquierda que penetro fácil el cuello del otro bandido. Necesitaba al menos uno vivo si pretendía sacarles información, y al parecer ese no iba a ser el afortunado. El que se encontraba en el piso intentaba incorporarse con bastante dificultad. No pude rematarlo porque el tercero ya estaba con una espada corta en una mano y una daga en la otra. No se abalanzó sobre mi, lamentablemente no era tan idiota. Me perfilé para tenerlos a ambos en mi ángulo de visión, uno a mi izquierda y el otro a mi derecha. Bajé nuevamente mi centro de gravedad en posición de jinete, casi rozando el piso. Estire mi lanza veloz hacia el pecho del que tenía a la derecha, era rápido y desvió el golpe con la espada corta hacia abajo, aprovechando el envión le perforé la pierna y me retorcí para esquivar la daga que ya me había arrojado. No fui lo suficientemente rápida por lo que el filo rozó mi hombro izquierdo y rasgó la tela de mi camisa que se tiño de rojo al instante. El bandido cayó entre gritos junto con mi lanza, no tenía tiempo para recuperarla ya que su compañero saltó sobre mi. Caímos los dos al piso y recibí de camino un puñetazo en las costillas que me saco el aire. Quedé atrapada debajo de él, con mi brazo derecho trabado entre mi espalda y el piso. El tipo era robusto y yo no llegaba alcanzar el cuchillo que tenía en el tobillo. Con un movimiento hábil me paralizó la otra mano y quedó a centímetros de mi cara, su aliento repugnaba. Apestaba todo él a mezcla de orinales y caballo transpirado. Comencé a desesperarme. Tomó con una manazo mi cuello y apretó.

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